
Aquella mañana Ricardo despertó sabiendo que algo iba a cambiar. El corazón agitado, la respiración cortada; cuando posó los pies en la alfombra de su cuarto notó el extraño peso de los años acumulados, de las memorias, de la vida. Miró en el espejo y se encontró a sí mismo –casi irreconocible- mirándole incómodo, con los ojos ligeramente rojos y ese sabor en la boca que recuerda a los centavos que se le deben al destino. Tras el obligado baño matinal, lavado de boca incluido, se puso sus jeans y su guayabera favorita.
“Seguro –pensó- un café me ayudará a aclarar las cosas en la cabeza” Al salir, encontró que el aire fresco de las 9 de la mañana en Veracruz le sacó una sonrisa y puso play en una sesión aleatoria del iPod. Cantó la letra de Times are a Changing, con la cabeza baja, casi en un susurro mientras miraba el tránsito normal de cualquier… ¿Qué día era? Hace mucho que todos los días eran casi iguales para él.
En realidad Ricardo ya no medía el tiempo como la gente suele hacerlo; medía el tiempo en canciones, de casa a la gasolinera “In a Gadda Da Vida”, versión completa con 17 minutos justos en los últimos 3 acordes para apagar el auto y entregar la llave al dependiente que llenaría el tanque cada 4 días religiosamente. Los jueves eran noches de dominó con los ancianos del clan, los miércoles de cine que cuando dejó de ser “dos por uno” empezó a ir solo, pues era más barato. Los fines de semana eran para encerrarse en “El Anzuelo” para ver dos o hasta tres partidos de futbol con sus compañeros de oficina, cerveza en mano y ostiones en la mesa.Muy de vez en cuando recibía una visita foránea o se daba el tiempo de ir a ver a su familia un domingo en el templo que visitaba y conocía; pero que nunca sintió suyo.
Caminar hasta el café de en la calle Martí, detenerse a medio camino y comprar el periódico le tomaba exactamente la secuencia de “Bulldog” de Los Beatles; “Boys Don´t Cry” de The Cure y una versión extraña de “Take On Me” de Vision Divine, original del grupo A-Ha. Pero ese día en particular sabía que las cosas iban a cambiar. Pensó en su niñez cuando escuchó “Ixtepec” de Café Tacuba; pasó de largo cantando “Longui No. 13” con Adriá Puntí y tuvo que regresar por el periódico una cuadra después ya cantando “Born Under a Bad Sign” de The Cream. El mundo estaba loco y se lo quería decir a través de la música.
Eran ya 14 años atrás cuando Ricardo recordaba haberse sentido así. Una tarde de sábado, mientras esperaba a sus amigos para una “cascarita” Ricardo pateaba su balón contra la pared del local abandonado simulando una portería cuando tuvo que detenerse porque un camión de mudanzas llegaba; la vieja casa abandonada, que todos los niños de la cuadra pensaban embrujada, pues ninguno en sus máximo 15 años de vida la había visto habitada, iba a ocuparse ¿Qué clase de fenómenos podrían ser aquellos que se atrevieran a habitarla? Decidió poner a salvo sus pensamientos con el balón en sus pies y lo logró hasta que por un mal cálculo la pelota golpeó un borde de ventana y salió disparado hacia arriba sobrepasándolo y cayendo justo a los pies de un niño desconocido, casi de su edad.
“¡Bolita!” –gritó hasta e otro lado de la calle y el niño con un golpe casi perfecto le lanzó el balón al pecho para que él lo bajara a los pies con un solo movimiento. Ricardo regresó el esférico con otro golpe suave pero decidido como para probar si solo había sido suerte. Claramente el desconocido demostró no ser ningún suertudo y no faltó tiempo para que se enfrascaran en un dialogo de dominadas silencioso que absorbía sus pensamientos mientras se analizaban futbolísticamante.
Sin conciencia del tiempo, se encontraban sudando tanto por el ejercicio como por la temperatura que Agosto le imprimía al ambiente. La intensidad de los disparos había subido en su amistoso afán de medirse sin contemplaciones y estaban llegando al máximo de sus capacidades hasta que oyó su voz, justo a sus espaldas, cuando el balón viajaba a medio camino entre él y su nuevo compañero de patadas. Ella gritó “¡Jorge!” el logró voltear para ver quién le había revelado el nombre de su rival y se apagó la luz.
Despertó. Pero antes de abrir los ojos trató de recordar, sin moverse, lo que había pasado y solo pudo pensar en esos ojos grandes, casi negros, en esa piel del color de la arena y en la voz que había escuchado y ahora preguntaba “¿Se murió mama?”.
Ricardo abrió los ojos como para no desilusionar a la niña y ver por qué de repente el suelo de la calle se encontraba muy suave bajo su espalda. Se encontró, como esa loca mañana, algo sorprendido de estar dentro de su cuerpo en un sofá y una sala que le era ajena. “Así que esta es la casa embrujada por dentro” pensó hacia sí mismo y miró el techo. Escuchó una nueva voz femenina diciendo “Cecilia, ve por un vaso de agua” y enfocó a Jorge a su izquierda que le regaló una sonrisa que parecía de alivio. Sabía que las cosas iban a cambiar. Cuando puso los pies en el piso, tuvo una extraña sensación de no encajar dentro de su cuerpo y se miraba los dedos de los pies como si quisiera encontrar los pliegues improvisados y los huesos que no pertenecen ahí. Levantó la vista y ella estaba ahí mirándolo a los ojos Desde ese día Jorge se convertiría en su mejor amigo y Cecilia en una secreta ilusión que nunca confesó. Así pasaron los años y entre ellos el tiempo no importaba.
De regreso al presente Ricardo se sorprendió pensando en eso, perdido hacia adentro de si mismo mientras la mesera le preguntaba si iba a querer el café de siempre y en sus audífonos sonaba una canción de Fito Paez. Justicia poética o fatal coincidencia le pareció ver una negra cabellera muy familiar y una risita que seguro había oído en algún otro lado.
HGN
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